martes, 28 de junio de 2016

Calidad educativa desde la perspectiva de las “escuelas que aprenden”: Integración del rol educativo y social de la escuela. 

Peter Senge (2002) plantea que, si queremos que el mundo mejore, necesitamos escuelas que aprendan. Tal planteamiento es claro y directo, sin embargo no es igualmente directo, ni mucho menos sencillo, el camino a seguir para que dichas escuelas puedan aprender a aprender. Lo anterior se vuelve aún más complejo cuando se agrega que “aprender es a la vez un proceso hondamente personal e inherentemente social, pues nos conecta no sólo con el conocimiento en abstracto, sino con nuestros semejantes”.

No obstante, actualmente al hablar de escuelas nos encontramos con instituciones sociales bajo tensión que se enfrentan con la necesidad de evolucionar, pues adolecen del reconocimiento de esta visión sistémica y social del aprendizaje (Senge, 2002). Al respecto, Senge (2002) sostiene que este estado actual es el resultado del sistema escolar de la era industrial hecho a imagen de la línea de montaje, el cual tácitamente identificó al estudiante como producto más que como creador del aprendizaje, como objeto pasivo al cual le da forma un proceso educativo en el cual éste no tiene influencia.

Para superar este impase, las escuelas deben rehacerse, revitalizarse y renovarse en forma sostenida. Y, es en este punto donde se identifica la evaluación institucional como un aspecto central de tal evolución, pues, como afirman Murillo, Román y Hernández-Castilla (2011), la evaluación se convierte en un proceso clave para acompañar los propósitos y caminos de la educación hacia las metas del sistema educativo de un país. Esto implica la necesidad de incluir y discutir la evaluación como una pieza fundamental en el debate respecto al tipo de educación que debe darse desde los sistemas para avanzar en la construcción de sociedades más justas, participativas y democráticas; y en este sentido se permitan a sí mismas aprender a aprender, para dar paso a una educación de calidad.

Como menciona Senge (2002), todas las escuelas y situaciones son únicas y requieren su propia combinación de teorías, técnicas y métodos para aprender; sin embargo, es importante reflexionar cuál tendría que ser el foco general y común  de la evaluación institucional que busque la mejora de la escuela con el fin de ofrecer una educación de calidad. Y, debido a que la escuela impulsa un determinado rol social (Contreras, 2004), si se pretenden lograr mejoras significativas en las escuelas, además del elemento propiamente académico la teoría subyacente a esta evaluación debería también incluir el papel social de la escuela, como fundamento para una propuesta integral y sistémica de la educación.

Sobre esto, Senge (2002) asegura que los niños siempre necesitarán lugares seguros para aprender, pero además necesitarán lugares seguros  donde efectuar la transición del hogar de la infancia a la amplia sociedad de pares y adultos. Desde esta perspectiva, la escuela se constituye en un punto de apoyo para el cambio educativo pero también para el social; y, por tanto, para lograr sus metas y objetivos deberá estimar ambos elementos de manera holista.

Esta visión integral conlleva a su vez a que la escuela valore la interdependencia de los tres sistemas propuestos también por Senge (2002), el salón de clase, la escuela y la comunidad, como elementos que interactúan entre sí con patrones de recíproca influencia; de tal manera que, en cualquier esfuerzo por fomentar escuelas que aprenden, los cambios sean conducidos por acciones que se verifiquen en los tres niveles. En este sentido, la aplicación de las cinco disciplinas del aprendizaje propuestas por el mismo autor, dominio personal, seguimiento de una visión compartida, análisis de los modelos mentales, aprendizaje en equipo y pensamiento sistémico, también se convierten en ayuda genuina para hacer frente a los problemas y presiones que se encuentran en la escuela al ser aplicadas simultáneamente en los mismos tres niveles, desde una perspectiva que incluya lo propiamente educativo pero también el aspecto social.

Esto implica que, si se quiere mejorar un sistema escolar, antes de alterar las reglas hay que observar cómo piensan y actúan los individuos colectivamente; esto es superar la visión reduccionista que responsabiliza a individuos y pasar a una visión más amplia, en donde se reconozca que las políticas y las reglas no van a resolver por sí solas los problemas de las escuelas, sino que dicha solución parte de reconocer las redes de influencia entre los tres elementos (aula, escuela y comunidad), y el trabajo por fortalecerlas y responsabilizar a todos los involucrados. Esto implica, a su vez, apostarle al poder de una visión más amplia y compartida entre la función educativa y social de la escuela, como fuerza motriz del mejoramiento de las mismas (Senge, 2002).

Por tanto, con los planteamientos anteriores se insiste en la incidencia del factor social en las escuelas, sin centrarse únicamente en el aprendizaje de meros conocimientos cognitivos. No obstante, como sostienen Pérez (2009), el proceso de socialización de las nuevas generaciones ni es tan simple ni puede ser caracterizado de modo lineal o mecánico, ni en la sociedad ni en la escuela. Por lo tanto, para avanzar en este sentido es vital movernos de este sistema escolar de la era industrial hacia nuevas formas de concebir a las escuelas.

Así, a partir de este texto se propone que la evaluación institucional tiene un papel central en todo este proceso de actualización escolar, puesto que como aspecto integral del proceso enseñanza-aprendizaje ofrece la posibilidad de generar información relevante que se analice para retroalimentar y mejorar el impacto de las escuelas en la calidad de la educación que brindan, reconociendo que todo aprendizaje es tanto social como individual.

En este sentido, tal como sostiene Pérez (2009), el delicado equilibrio de la convivencia en las sociedades que conocemos a lo largo de la historia requiere tanto la conservación como el cambio, y lo mismo ocurre con el frágil equilibrio de la estructura social de la escuela como complejo grupo humano, así como con las relaciones entre ésta y las demás instancias primarias de la sociedad. Por tanto, el avance educativo sólo será posible si se reconoce que la escuela tiene la tarea importantísima de recuperar su posición como institución social haciendo la propia vida de los estudiantes el centro de su aprendizaje, lo cual requiere volver a conectarse con la educación como proceso social. Es decir, reconocer y trabajar porque la escuela promueva aquel tipo de aprendizaje que ocurre en las situaciones del vivir cotidiano, y este cambio sólo se logrará admitiendo que las instituciones que favorecen el aprender deben estar integradas con el funcionamiento de la sociedad en general (Senge, 2002).

Referencias

Contreras, M. (2004). El rol social de la escuela: individuo versus ciudadano .Barbecho: revista de reflexión socioeducativa, (4), 28-32.

Murillo, J., Román, M., y Hernández-Castilla, R. (2011). Evaluación educativa para la justicia social. Revista Iberoamericana de evaluación educativa, 4(1), 7-22.

Pérez, Á. (2009). Las funciones sociales de la escuela: de la reproducción a la reconstrucción crítica del conocimiento y la experiencia. Boletín del Foro Latinoamericano de Políticas Educativas, 6 (27). Disponible en: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/Argentina/lpp/20100324022908/9.pdf.


Senge, P. (2002). Escuelas que aprenden. Bogotá: Norma.