Calidad educativa
desde la perspectiva de las “escuelas que aprenden”: Integración del rol
educativo y social de la escuela.
Peter Senge (2002) plantea que, si queremos
que el mundo mejore, necesitamos escuelas que aprendan. Tal planteamiento es
claro y directo, sin embargo no es igualmente directo, ni mucho menos sencillo,
el camino a seguir para que dichas escuelas puedan aprender a aprender. Lo
anterior se vuelve aún más complejo cuando se agrega que “aprender es a la vez
un proceso hondamente personal e inherentemente social, pues nos conecta no
sólo con el conocimiento en abstracto, sino con nuestros semejantes”.
No obstante, actualmente al hablar de
escuelas nos encontramos con instituciones sociales bajo tensión que se
enfrentan con la necesidad de evolucionar, pues adolecen del reconocimiento de
esta visión sistémica y social del aprendizaje (Senge, 2002). Al respecto,
Senge (2002) sostiene que este estado actual es el resultado del sistema
escolar de la era industrial hecho a imagen de la línea de montaje, el cual tácitamente
identificó al estudiante como producto más que como creador del aprendizaje, como
objeto pasivo al cual le da forma un proceso educativo en el cual éste no tiene
influencia.
Para superar este impase, las escuelas deben
rehacerse, revitalizarse y renovarse en forma sostenida. Y, es en este punto
donde se identifica la evaluación institucional como un aspecto central de tal
evolución, pues, como afirman Murillo, Román y Hernández-Castilla (2011), la
evaluación se convierte en un proceso clave para acompañar los propósitos y
caminos de la educación hacia las metas del sistema educativo de un país. Esto
implica la necesidad de incluir y discutir la evaluación como una pieza
fundamental en el debate respecto al tipo de educación que debe darse desde los
sistemas para avanzar en la construcción de sociedades más justas, participativas
y democráticas; y en este sentido se permitan a sí mismas aprender a aprender,
para dar paso a una educación de calidad.
Como menciona Senge (2002), todas las escuelas
y situaciones son únicas y requieren su propia combinación de teorías, técnicas
y métodos para aprender; sin embargo, es importante reflexionar cuál tendría
que ser el foco general y común de la evaluación
institucional que busque la mejora de la escuela con el fin de ofrecer una
educación de calidad. Y, debido a que la escuela impulsa un determinado rol
social (Contreras, 2004), si se pretenden lograr mejoras significativas en las
escuelas, además del elemento propiamente académico la teoría subyacente a esta
evaluación debería también incluir el papel social de la escuela, como
fundamento para una propuesta integral y sistémica de la educación.
Sobre esto, Senge (2002) asegura que los
niños siempre necesitarán lugares seguros para aprender, pero además necesitarán
lugares seguros donde efectuar la
transición del hogar de la infancia a la amplia sociedad de pares y adultos. Desde
esta perspectiva, la escuela se constituye en un punto de apoyo para el cambio
educativo pero también para el social; y, por tanto, para lograr sus metas y
objetivos deberá estimar ambos elementos de manera holista.
Esta visión integral
conlleva a su vez a que la escuela valore la interdependencia de los tres
sistemas propuestos también por Senge (2002), el salón de clase, la escuela y
la comunidad, como elementos que interactúan entre sí con patrones de recíproca
influencia; de tal manera que, en cualquier esfuerzo por fomentar escuelas que
aprenden, los cambios sean conducidos por acciones que se verifiquen en los
tres niveles. En este sentido, la aplicación de las cinco disciplinas del
aprendizaje propuestas por el mismo autor, dominio personal, seguimiento de una
visión compartida, análisis de los modelos mentales, aprendizaje en equipo y pensamiento
sistémico, también se convierten en ayuda genuina para hacer frente a los
problemas y presiones que se encuentran en la escuela al ser aplicadas
simultáneamente en los mismos tres niveles, desde una perspectiva que incluya
lo propiamente educativo pero también el aspecto social.
Esto implica que, si se quiere mejorar un
sistema escolar, antes de alterar las reglas hay que observar cómo piensan y
actúan los individuos colectivamente; esto es superar la visión reduccionista
que responsabiliza a individuos y pasar a una visión más amplia, en donde se
reconozca que las políticas y las reglas no van a resolver por sí solas los
problemas de las escuelas, sino que dicha solución parte de reconocer las redes
de influencia entre los tres elementos (aula, escuela y comunidad), y el trabajo
por fortalecerlas y responsabilizar a todos los involucrados. Esto implica, a
su vez, apostarle al poder de una visión más amplia y compartida entre la
función educativa y social de la escuela, como fuerza motriz del mejoramiento
de las mismas (Senge, 2002).
Por tanto, con los planteamientos anteriores
se insiste en la incidencia del factor social en las escuelas, sin centrarse únicamente
en el aprendizaje de meros conocimientos cognitivos. No obstante, como
sostienen Pérez (2009), el proceso de socialización de las nuevas generaciones
ni es tan simple ni puede ser caracterizado de modo lineal o mecánico, ni en la
sociedad ni en la escuela. Por lo tanto, para avanzar en este sentido es vital movernos
de este sistema escolar de la era industrial hacia nuevas formas de concebir a
las escuelas.
Así, a partir de este texto se propone que la
evaluación institucional tiene un papel central en todo este proceso de
actualización escolar, puesto que como aspecto integral del proceso
enseñanza-aprendizaje ofrece la posibilidad de generar información relevante
que se analice para retroalimentar y mejorar el impacto de las escuelas en la
calidad de la educación que brindan, reconociendo que todo aprendizaje es tanto
social como individual.
En este sentido, tal como sostiene Pérez
(2009), el delicado equilibrio de la convivencia en las sociedades que
conocemos a lo largo de la historia requiere tanto la conservación como el
cambio, y lo mismo ocurre con el frágil equilibrio de la estructura social de
la escuela como complejo grupo humano, así como con las relaciones entre ésta y
las demás instancias primarias de la sociedad. Por tanto, el avance educativo
sólo será posible si se reconoce que la escuela tiene la tarea importantísima
de recuperar su posición como institución social haciendo la propia vida de los
estudiantes el centro de su aprendizaje, lo cual requiere volver a conectarse
con la educación como proceso social. Es decir, reconocer y trabajar porque la
escuela promueva aquel tipo de aprendizaje que ocurre en las situaciones del
vivir cotidiano, y este cambio sólo se logrará admitiendo que las instituciones
que favorecen el aprender deben estar integradas con el funcionamiento de la
sociedad en general (Senge, 2002).
Referencias
Contreras, M. (2004). El rol
social de la escuela: individuo versus ciudadano .Barbecho: revista de
reflexión socioeducativa, (4), 28-32.
Murillo, J., Román, M., y
Hernández-Castilla, R. (2011). Evaluación educativa para la justicia social. Revista Iberoamericana de
evaluación educativa, 4(1),
7-22.
Pérez, Á. (2009). Las
funciones sociales de la escuela: de la reproducción a la reconstrucción
crítica del conocimiento y la experiencia. Boletín del Foro
Latinoamericano de Políticas Educativas, 6 (27). Disponible en: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/Argentina/lpp/20100324022908/9.pdf.
Senge,
P. (2002). Escuelas que aprenden. Bogotá:
Norma.
